Una Propuesta
Salud para ti y los tuyos.
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Verdes de Navarra / Nafarroako Berdeak. Presentación de Candidatos al Parlamento Foral de Navarra 2011 from Silvano Baztán on Vimeo.

Es necesario que la población se ponga en pie, reaccione ante las mil y una situaciones o decisiones que se nos imponen. El tema es que la cosa no quede en una mera protesta (ya está bien de protestar por todo sin proponer alternativas factibles). Es fundamental, desde nuestra perspectiva, generar propuestas que, desde la cordura, la simpleza, el sentido común y el objetivo de conseguir el bien común, puedan dar lugar a otro escenario social, con políticas que hagan predominar al ser humano por encima de la productividad, del beneficio económico (¿de quién?).






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El otro día llegó a mis manos una revista ("Gazteen Hitza") que no sé de dónde salió porque no es habitual de mi casa, en la que leí en su contraportada una historia, un cuentecito de esos que tienen una moraleja como la copa de un pino, sobre todo cayendo la que está cayendo en el Sistema Económico actual (totalmente caducado), basado en la hiperproducción asociada al consumo.
Un rico banquero estaba paseando por el muelle de un pueblito costero, cuando vio llegar la barca de un pescador solitario. Dentro del bote se podían ver algunos peces de buen tamaño. El inversionista elogió al pescador por la buena calidad de sus capturas, y comenzó una conversación con el hombre de mar, preguntándole:
- ¿Cuánto tiempo le ha tomado pescar esos peces?
- La verdad, no demasiado...
- ¿Y no ha pensado nunca en estar más tiempo pescando? De ese modo sacaría más cantidad de pescado.
- No, no lo he pensado porque con esto tengo suficiente para satisfacer mis necesidades y las de mi familia.
- Pero si apenas pesca un par de horas al día ¿Qué hace usted con el resto de su tiempo?
- Camino tranquilo, leo algo interesante, pesco un poco, juego con mis hijos, duermo la siesta con mi esposa, bajo todas las noches al pueblo donde suelo comer y tocar la guitarra con mis amigos... Tengo una vida que es estupenda y además, bien entretenida.
- Verá usted, buen hombre, yo soy un licenciado en ciencias económicas de
- Perdone que le interrumpa, señor banquero, pero ¿Cuánto tiempo puede tardar todo eso en suceder?
- Entre quince y veinte años, calculo. Todo depende de muchos factores, de las variables del mercado, de su riesgo inversionista...
- Bueno ¿Y luego, qué?
- Pues esa es la mejor parte, amigo: Cuando llegue la hora debería anunciar una "Oferta Inicial de Acciones". Al vender las acciones de su empresa al público, usted se volvería rico, tendría millones...
- ¿Millones? ¿Y luego, qué?
- ¡Qué pregunta! Con semejante fortuna, se podría retirar de la vida laboral y afincarse en un pueblecillo en la costa, donde podría dormir hasta tarde, pescar un poco, jugar con sus hijos (si le queda alguno con edad de jugar), descansar con su mujer, salir por las noches al pueblo para comer despreocupadamente ¡Incluso podría hacer algo que sé que le gusta mucho: Tocar la guitarra con sus amigos!
El pescador, entre confuso y sorprendido, le respondió:
- Bueno ¿Y no es eso mismo lo que tengo ya...? ¿Para qué tanta preocupación?
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Con las botas puestas…
Jubilarnos, sí, cuando el aliento falle y el viento nos tumbe. Jubilarnos agotados la víspera de partir, con tiempo justo para preparar el largo viaje, para hacer la maleta, para echar un guiño al Cielo…; con tiempo medido para estrechar a los cercanos, saludar los árboles, acariciar el perro y bendecir la vida.
Jubilarnos, sí, cuando los pasos tropiecen y los ojos se apaguen. En el más tardío otoño, cuando el cuerpo marchito se preste a entregarse y nutrir a la Madre Tierra. Cuando el Sol se acueste y amanezca sólo dentro aún más radiante.
Jubilarnos, sí, con la bufanda al cuello, las botas puestas y las manos encallecidas. No hay prisa de descanso. Aquí no se acaban las playas. Ya habrá tiempo allí Arriba para tumbona, parchises y cartas.
Podemos remar exhaustos hasta la otra orilla, apurar nuestra entrega a la vida y al mundo. A los sesenta y siete aún podemos dar “guerra” y servicio. Es posible cocinar a fuego lento, limpiar con menos brío, barrer menos fino… Lo que importa es mantener vivo el entusiasmo con la nueva luz de cada día, afrontar con ilusión la apasionante aventura de cada mañana…
Poco importa la edad oficial de jubilación. El debate se podría más bien centrar en qué le ocurre a una ciudadanía que en buena parte suspira por dejar de trabajar. ¿Puede ser sostenible a largo plazo tanto abismo entre creación y trabajo? Algo falla en una sociedad en la que muchos/as de sus trabajadores/as y profesionales suspiran para que se colmen las ocho horas de cada día, los sesenta y cinco años actuales hasta la jubilación. No podemos mirar tanto a un reloj y al otro. ¿Es que tanto dista el disfrute de la diaria tarea? ¿Es que tan carente de motivación está el ejercicio de nuestra contribución al bien común?
Demasiada distancia entre ocio y trabajo, entre gozo y tajo, entre arte y vida laboral. Será preciso cuestionar un modelo social en el que el trabajo es tan denostado. Hasta que afinemos las máquinas del mañana, hagamos de las tareas más ingratas las tareas de todos, pero nadie debería pasar las horas pendiente de unas manecillas, de una sirena.
Queremos debates más en profundo. Queremos que se empiece a cuestionar en serio una civilización insostenible, pero que, salvo matices, apuntalan tanto los de un lado como los del otro. Reflexionemos también sobre las reivindicaciones poco sostenibles que estos días se airean y que no reparan lo suficiente en el bienestar de quienes envejecerán pasado mañana. Las generaciones que nos precedieron cuidaron de nosotros y, sin embargo, nosotros nos resistimos a mirar por las que vendrán después. La solidaridad es un concepto a extender no sólo en la geografía, sino también en el tiempo. Quienes aún no han nacido no tienen sindicato al que afiliarse. Cierto que hay salarios sin pudor, pero ¿por qué no apretarnos todos un poco el cinturón, si así salvamos también la dignidad de las pensiones del futuro?
Cierto, no se le puede pedir más a quien sube de la mina o baja del andamio. Su descanso ha de llegar más temprano. Será también preciso velar por los derechos laborales, por las conquistas sociales, pero, lograda la dignidad incuestionable en el trabajo ¿habrá que apostar algún día por algo más que el bolsillo o los brazos cruzados a los sesenta y cinco? En algún momento el grito debe dar paso a la visión, a la propuesta, al esbozo. ¿Para cuándo las luces largas, el vislumbre de otro mundo?
En buena medida cada quien decide su atardecer, cierra sus telones. Mientras suenan los tambores de la batalla para defender los sesenta y cinco, otros borraríamos de nuestra tapa la fecha de caducidad. No, no nos retire a los sesenta y siete, señor Zapatero, no meta en nuestro bolsillo el carnet de jubilado en la flor de la vida, cuando más podremos ayudar por nuestra experiencia, cuando más podremos servir a la comunidad con todo lo aprendido.
Koldo Aldai
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